Escrito por Ana Orellana
Quizás un don, quizás un complemento, aunque inentendible y a la vez inexplicable es el dolor que podemos llegar a sentir por tratar de hacer lo correcto, lo ideal, no para que el mundo lo entienda, sino para el que lo hizo todo, para que su nombre sea exaltado desde un inicio hasta el final.
Un sacrificio que trae sufrimiento, un amor que no tiene condiciones, un ejemplo digno de vivirlo y tomarlo como parte de nosotros, es Aquel quien lo ha dado todo, incluido su vida y hasta lo último de su ser, un principio para acogerlo como base de un siervo que sigue en los caminos de Dios, como un fuego que penetra hasta los huesos, que llena de energía al alma y permite experimentar sucesos nunca antes conocidos, experiencias únicas y sobrenaturales que a simple vista no tienen sentido y quizás se vuelva una locura para muchos, sin embargo para el corazón de aquellos que buscan la paz y el gozo en medio del dolor y el sufrimiento se lo puede encontrar justamente allí, en lo complicado, en lo difícil, en lo que no tiene sentido para los ojos del mundo, pero, en lo que realmente vale en los ojos de Dios.
Nuestra identidad se identifica justamente en la etapa del sufrir no para sí mismos, sino para los demás y por los demás, llevando el estandarte de un buen soldado listo para la batalla, en donde el que lo ha ganado no solamente al enemigo sino a la misma muerte está al frente siendo el guía, el valor y la fuerza que todos necesitamos.
Aunque difícil de atravesarlo, podemos llegar a entender cuanto Dios nos ha amado y cuanto nos sigue amando, a pesar que hemos sido derrotados muchas veces por nuestra necedad de querer luchar solos, la insistencia de Dios de que nos volvamos a Él ha sido más fuerte cada día, sin importar quienes seamos y que es lo que hayamos hecho, su amor está allí, intacto, para brindarnos mucho más si nos aferramos a Él. Entendiendo que es Dios quien tiene el control de toda su creación y quien más que El para confiar en su gloria y su plenitud.
“… había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; trate de sufrirlo y no pude” (Jeremías 20:9b)
“Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en El” (Madre Teresa de Calcuta)
